Contorsionismo en el aseo
Siempre me he preguntado por qué demonios los aseos públicos para señoras son tan pequeños e incómodos. Ésta es una de las muchas dudas existenciales que me corroen, lo confieso. Algunos caballeros al leer esto pensarán quizás que menuda chorrada acabo de escribir. Bien, si tienen tiempo y ánimos, lean un poquito más y entenderán las razones de mis tribulaciones.
Voy a ponerme en el peor de los casos. Éste suele producirse en los lavabos de bares y centros lúdicos varios a altas horas de la noche. Resulta que, a esas alturas de la madrugada, una llega al baño y el primer contratiempo que tiene que sufrir es una inmensa cola, que suele desbordar la propia estancia del aseo en sí, con lo cual hay que quedarse esperando fuera, casi proclamando sin más remedio a los cuatro vientos que una está ahí porque, porque… ¡sí, se está orinando, como el resto de las 387 féminas que esperan con ella, qué pasa!
Tras un tiempo de espera incalculable, a todas luces largo dada la situación de emergencia, por fin llegamos al habitáculo del aseo propiamente dicho. Bueno, ahí es cuando a una se le cae el alma a los pies. La higiene acostumbra a brillar por su ausencia, claro, no podía ser de otra manera. Y resulta que ese día te has puesto tus supermegaestupendos pantalones de crêpe, deslizantes a más no poder, tampoco podía ser de otra manera. Ocurre también que eres una cómoda y una raca y no te da la gana de pagar 3 euros por el guardarropía, así que llevas tu bolso gigante (tenía que ser el gigante, no te podías haber dedicido hoy por el microbolso, claro que no). Con ojos de cordero degollado miras a la puerta a ver si hoy suena la flauta y en ese lavabo, oh, dioses, hay una percha. Nada. Ni percha ni puñetas, por no haber te das cuenta que no hay ni cerrojo, es el más difícil todavía. Así que armándote de paciencia infinita, y hasta donde la melopea te lo permite, empiezas lo que se llama en argot lavabístico “la sesión de contorsionismo lavabil”. El primer paso es arremangarse los megafashionpantalones de crêpe, que serán lo más de lo más, pero no paran quietos, los jodíos. Les das tres vueltas, hasta que se te ven los calcetinillos (por favor, que no se abra de repente la maldita puerta y me vea alguien de esta guisa). Seguidamente te pones el bolso colgado del cuello, cual San Bernardo en pleno acto de servicio, y desafiando a la tortícolis y a las leyes mínimas del equilibrio, adelantas el pie derecho para aguantar la puerta que se va entreabriendo sin el cerrojo. En posición tan inverosímil, procedes a la labor que te ha llevado allí. El tembleque de la pierna derecha amenaza con dejarte en el mayor de los ridículos, hay que darse prisa. Ya, ya casi está. Veamos, dónde narices está el papel aquí. Dónde, dóndeee. La mano derecha palpa que te palpa en el receptáculo supuestamente destinado al papel. He dicho bien, supuestamente. No hay ninguna duda ya, los astros se han confabulado todos en tu contra. Ahí no hay papel, ni nada que se le parezca remotamente. Tampoco podía ser de otra manera.
En posición tan poco decorosa, procedes a hurgar precipitadamente en el bolso que te cuelga por delante de la cara. Tenía que ser el megabolso el que escogieras hoy, justamente este bolso y no otro, piensas otra vez, y se te ocurre que lo tuyo en ese momento es una performance que ya querría Lina Morgan en sus buenos tiempos, porque la ubicación de las diversas partes de tu cuerpo es más que imposible. Como siempre ocurre, llega a tus manos el móvil, el billetero, el pintalabios, las llaves, hasta la tarjeta del bus, todo, absolutamente todo. Menos los kleenex, claro. No podía ser de otra manera.
Finalmente los encuentras. El sudor perla tu frente y encima alguna simpática señorita ya está aporreando tu puerta, porque se ve que tiene prisa la chica, fíjate tú qué cosas. Y te sale un gruñido ronco y gutural, no sabes ya si es que contestas a la susodicha o que te puede el dolor de la pierna culebreante y el cuello torturado por el peso del bolso. Rápido, rápido, rápido. Te compones el refajo, ubicas el bolso donde debe estar, bajas los pantalones y, de puntillas para no mancharte, sales con toda la dignidad que te permite el rostro enrojecido por el esfuerzo.
Y una vez fuera, te das cuenta por primera vez de que la antesala con los espejos, los secadores de manos y todo lo demás es enorme. E-nor-me. Metros y metros de espacio inutilizados. No puedes evitar maldecir al que diseñó aquello, una y mil veces. Esto SÍ podía haber sido de otra manera.
No me digan que no hay para mosquearse, ¿eh? Desde aquí voy a aprovechar si me lo permiten para hacer una encendida proclama: ¡Acabemos con el maltrato lavabil femenino, ya!
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